·Almas Encontradas·
-¿Te encuentras bien?- Le preguntó el chico.
Su aspecto era dulce, los rasgos de su cara eran suaves, su fino cabello parecía de un ángel, y sus profundos ojos color café te hundían como en un pozo...
El hombre se quedó hipnotizado en él y no conseguía contestar.
-Ven, te daré algo caliente...- Lo condujo hasta un cuarto y comenzó a calentar agua para el té.
La habitación era antigua, tenía un futón bien armado con una colcha marrón tierra, donde Kyô se sentó.
Una pequeña mesita con una lámpara antigua que emitía una luz débil, y un closet de madera con aspecto envejecido.
Al lado había otra habitación cerrada, que parecía ser el baño y otra sin puerta que era una mini cocina, donde estaba el chico calentando el agua y preparando una taza de té rojo.
Allí hacía mas calor, así que Kyô se sacó la campera y se asomó por la pequeña y desgastada ventanilla.
Afuera estaba nublado y clamaba tormenta.
Kyô suspiró amargamente y se dió la vuelta. Sobre la mesilla de la pequeña cocina se veían dos tazas de té y un plato de galletas saladas.
Kyô se acercó con lentitud haciendo rechinar el enmhoecido suelo de madera.
De la esquina de madera apareció la engelical figura que enamoró a Kyô y se sentó en la silla invitandolo a hacerlo tambien.
Éste se sentó y no dijo nada.
-Yo me llamo Mao...y aqui vivo...- Sonrió placidamente y bebió de su té.
-¿Y tu como te llamas?, pareces cansado...- Sus manos temblaron por un segundo como queriendo acariciar el frío y pálido rostro de Kyô.
Éste seguía callado y observador, hasta que preguntó:
-¿Vives aqui?- Alzando una ceja.
Mao asintió con la cabeza, con el líquido en la boca.
-¿Porque?- Volvió a preguntar perplejo tomando la taza con ambas manos para entibiecerlas.
Mao tragó y le sonrió:
-Nunca me paré a pensarlo, simplemente estoy aqui desde que nací.-
Kyô no preguntó mas nada acerca del tema; dedujo que era huérfano o algún otro tema que no le incumbía.
Quedaron en silencio hasta terminar. Finalmente, Kyô se puso de pie y le preguntó:
-¿Podrías ayudarme con mi coche?. Realmente estoy muy lejos de mi casa y no conozco este lugar...No sé que haré. - Pone sus manos en su nuca recostando un poco la cabeza hacia atrás.
Mao levantó ambas cejas como extrañado.
-¿Porque querrías abandonar el pueblo?. Si es muy bello...-sonrie-
-¿Bello? es horrible!-Ríe a carcajadas un poco cruel-Yo vivo en Kyôto, la ciudad...no puedo quedarme aqui! -ríe nuevamente-.
Mao queda en silencio un poco herido, pero pronto vuelve a sonreir y se coloca una anticuada chaqueta y una bufanda.
-Yo te mostraré que en verdad es linda...-Y salió de la habitación.
-Ey! vuelve aqui!-Coge su chaqueta y lo persigue-.
Por fin sale fuera y ve a Mao de pie esperandolo, y pronto comienza a caminar. Kyô corre a su lado y lo mira.
El joven lo lleva hasta lo que parecía un río activo, con un viejo y arcaico puente y algunos botes atados.
-Mira que belleza...-Contempla el negro río con el reflejo del cielo.
Kyô no dice nada y mira las calles.
-¡Que soledad! ¿que hace la gente en este lugar?- Bastante expresivo-.
Mao suelta una risita y tomándolo del brazo lo jala para mostrarle otros lugares.
Kyô, impresionado por el espontaneo y confiado comportamiento; se dejaba guiar incluso reia porque Mao no se ofrecía en resolver su problema, si no que lo paseaba por el tétrico y humedo lugar...
A medida que éste caminaba a su lado, ventanas del barrio se cerraban por pánico; ni un alma por aquellas humedas calles, un río melancolico, lo único que se apreciaba...
El joven aventurero notó aquellos desprecios y miró sin verguenza alguna, al ángel que había nombrado, su Mao...y se atrevió a preguntar:
-Oye...¿Porque la gente se esconde?-, el joven Mao, aún con la cabeza gacha, sonrió...levantó su cabeza, y sus profundos ojos negros, miraban al cielo...cuervos volaban de un lugar a otro, posandose en aquellas viejas casas. Respiró profundo y le contestó:
-La gente es extraña, cada alma tiene su sentimiento...en éste maravilloso pueblo, gobierna el miedo...-, las palabras de Mao, hacía que el joven se dejara seducir por su hermosa voz, y lo mirara fijamente a los labios:
-¿Miedo porque?-, preguntó atrevido: -Por mi...-, respondió sin dudarlo...éste quedó inmóvil, sin poder creer que aquella hermosura la cual su corazon se había clavado, pudiera causar miedo alguno, ya que en él, solo respiraba tranquilidad y comodidad a su lado:
-¿Porque habrían de temerte?-, lo miró taciturno e impresionado, el joven no le respondió enseguida, se dedicó a darle una espontanea sonrisa. Un silencio se hizo por unos segundos, continuaron su camino, bajo el viejo frío que abrazaba sus cuerpos helados.
El aliento del joven Mao, salía helado de sus cortados labios...ya pues; estaba cayendo la noche, y la neblina cubría gran parte del pueblo. Kyô lo observó de reojo, sus ganas de cubrirlo con sus brazos invadía su cabeza, de compartir sus calores y agitar sus alientos, ya bien; no dijo nada y se contuvo:
-¿Volvemos a la catedral?-, le preguntó Mao sin expresar el frío que aparentaba tener fisicamente. Éste asintió sonriendo...ya no parecía importarle arreglar su coche, y mucho menos marcharse.
Caminaron hacia la catedral, hablando con cortas palabras, ya que a Kyô le invadían unos nervios extraños.
Abrió la gran puerta arcaica, encendió la chimenea y le ofreció un abrigado sueter de lana:
-Gracias..- le agradeció a Mao con una sonrisa en la cara. Éste tambien se abrigó, y se puso comodo. Era un lugar pequeño, subiendo las escaleras de la catedral, una habitación con hogar, una alfombra antigua y una pequela cama, una mini cocina junto a un baño aún mas pequeño que éste.
Kyô ojeaba los rincones de aquella terrible soledad, sin comprender como un joven tan profundo podía estar tan solo.
Mao preparó una ligera cena caliente para los dos, la sirvió y se sentó en el piano, despues de encender diez velas blancas a su alrededor. Él solía limpiar aquella catedral, los rincones y las cruces. Tras la melancolica melodía del piano que éste tocaba, kyô se atrevió a preguntar mientras le daba algunos bocados a su arróz revuelto:
-¿Porque no viene la gente a la catedral?- Mao...con los ojos cerrados, seguía tocando el instrumento y le contestó:-Porque la gente ya no cree en Dios...-, un silencio se hizo; Kyô, con la boca llena, tragó y calló:
-¿Tu crees en Dios?-, aquella pregunta hizo parar a Mao de tocar aquel instrumento, se puso de pie y se acercó a él:
-¿Y tu...crees en Dios?-, Kyô no contestó, solo se detuvo a observar aquellos ojos negros que tanto lo hundían en un vacío de dolor y curiosidades.
Se observaron durante segundos...Kyô se le acercó sin aguantar mas las ganas de expresarlo lo que sentía al verlo. Mao no decía nada, en su rostro solo expresaba miedo y nervios, entornó sus ojos y sus labios se unieron en un cálido beso lleno de sensaciones...como si sus vidas vacías se llenaran de un momento a otro...la vida de dos jovenes...vidas vacías...el todo por la nada, la nada por el todo. Kyô no despegaba su boca de aquel joven de mirada oscura; agarró suavemente su cabeza uniéndolo más a él mientras le acariciaba sus cabellos castaño avellana...

